En la actualidad, muchas personas buscan saciar su vacío interior en corrientes confusas o filosofías huecas. Sin embargo, al contemplar a Jesús Eucaristía centro de la vida cristiana, descubrimos el don inefable de un Dios vivo que se oculta en el pan consagrado para habitar en nosotros. Por lo tanto, comprender la presencia real de Cristo en el sacramento renueva de raíz la fe y nos libra de falsos sucedáneos espirituales.
Por consiguiente, acudir con frecuencia al altar transforma nuestra existencia ordinaria en una ofrenda viva de comunión con el Padre.
El Cordero Pascual y la fuente viva de la comunión eclesial
En primer lugar, la Eucaristía no es un simple símbolo conmemorativo, sino la actualización incruenta del sacrificio redentor del Calvario. De hecho, desde las figuras proféticas de Abraham y la sangre liberadora en Egipto, la Escritura prepara la revelación del Cordero de Dios en la Última Cena. Así, al comulgar su Cuerpo y su Sangre en la Santa Misa, experimentamos un anticipo tangible de la liturgia celestial en nuestra vida cotidiana.
Asimismo, la Iglesia custodia este misterio inagotable como el tesoro más precioso encomendado por el Señor a sus discípulos. Por esta razón, la adoración ante el Sagrario nos enseña a permanecer en silencio reverente bajo su mirada amorosa y misericordiosa. De este modo, el alma aprende a amar, pedir perdón, agradecer y suplicar con serenidad filial en medio de las fatigas diarias.
Por otra parte, la verdadera devoción eucarística impulsa un compromiso fraterno de solidaridad sincera con los hermanos más necesitados.
Anticipo del cielo y discipulado junto a Santa María de Guadalupe
Además, contemplar al Maestro en el Santísimo Sacramento despierta en la familia el anhelo perseverante de santidad y reconciliación interior. En consecuencia, poner a Cristo en el corazón de nuestras actividades cotidianas disipa la soledad y devuelve la esperanza a los hogares afligidos. En efecto, de la mano de Santa María de Guadalupe, primera custodia viviente, aprendemos a adorar al Verbo con docilidad y gratitud sincera.
Finalmente, acoger a Jesús como Eucaristía constituye el sendero seguro para vivir con plenitud la salvación prometida.
20/05/13

