Alimentar al hambriento

Vivir con autenticidad el compromiso cristiano exige trascender la simple observancia externa de preceptos y ritos. Al reflexionar sobre el llamado evangélico a Alimentar al hambriento, descubrimos que la misericordia no consiste en repartir aquello que nos sobra de la despensa. Por el contrario, la verdadera caridad brota de un corazón desprendido y generoso que reconoce la presencia viva de Cristo en el rostro del hermano que sufre carestías.

De esta manera, vencer la indiferencia cotidiana se convierte en una oportunidad privilegiada para santificarnos en el servicio fraterno.

La misericordia activa como criterio del juicio definitivo

En primer lugar, el Evangelio de San Mateo nos advierte que en el ocaso de nuestra existencia seremos examinados únicamente en el amor concreto. En efecto, las riquezas materiales y los honores temporales quedarán reducidos a cenizas, mientras que las obras de bondad permanecerán grabadas para la eternidad. Asimismo, el relato de la ofrenda de la viuda pobre demuestra que Dios no mide la cantidad del donativo, sino la pureza de la entrega.

Por otra parte, la multiplicación de los panes revela a un Padre celestial providente que bendice y hace fecunda la generosidad desinteresada de sus hijos. Por esta razón, las familias deben educar a las nuevas generaciones en el valor del desprendimiento desde la infancia compartiendo con los necesitados. De igual modo, las parroquias y movimientos laicales están convocados a organizar redes solidarias que adopten a los hogares más vulnerables sin caer en humillaciones ni paternalismos estériles.

Así pues, acudir con prontitud ante el desamparo ajeno transforma las relaciones comunitarias y renueva el tejido de nuestras sociedades.

El reto cotidiano de una caridad que trasciende límites

Además, integrar la limosna y la ayuda material dentro del presupuesto ordinario protege a los hogares contra el virus del egoísmo contemporáneo. En consecuencia, asumir el mandato misionero de alimentar a los hambrientos purifica nuestras intenciones y nos despoja de apegos materiales dañinos. De este modo, el creyente que se dona sin reservas experimenta en carne propia que Dios jamás se deja vencer en generosidad ni abandona a sus hijos.

En conclusión, acoger con valentía el deber de Alimentar al hambriento hace visible el Reino de Dios y llena de esperanza a nuestro mundo.

11/08/15

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