En la maduración de la vida espiritual, el creyente se enfrenta inevitablemente al misterio más desafiante de su existencia: el aparente vacío divino. Por esta razón, nos adentramos en la segunda parte de la profunda ponencia del Padre Ignacio Larrañaga titulada La fe (Parte 2/2). Esta instrucción no busca ser un analgésico para las dudas intelectuales, sino un mapa existencial que nos invita a dar un salto definitivo hacia el abandono incondicional.
En primer lugar, es fundamental discernir la abismal diferencia entre una fe infantil y una fe adulta. De acuerdo con el autor, el infante espiritual es aquel que se encuentra condicionado y que, para evitar el temor al vacío, exige constantemente milagros, señales y pruebas tangibles, tal como le ocurrió a Zacarías. Por el contrario, la fe adulta es un acto soberano que se mantiene firmemente de pie; no necesita muletas psicológicas ni garantías de retaguardia, sino que se abraza a la pura palabra de Dios con un «hágase» incondicional, imitando la actitud de la Virgen María.
El desafío radical de quemar las naves
Por una parte, la verdadera fe no consiste en una mera adhesión intelectual a dogmas lógicamente estructurados que calman la mente. Ciertamente, las explicaciones y las apologéticas humanas no logran contener la gran pregunta que siempre queda flotando en la retaguardia de la conciencia: ¿y si esto no fuese así? Debido a este enigma, el acto de creer se transforma en una apuesta absoluta donde es estrictamente necesario quemar los navíos en la playa.
Al igual que Abraham, el adulto en la fe renuncia a los cálculos de probabilidad y al sentido común para apostar su vida entera por una Persona: Jesucristo. Además, el Padre Larrañaga subraya de forma tajante que las crisis y las dudas intelectuales no son problemas de la razón, sino síntomas de que la adhesión vital al Señor se ha debilitado, permitiendo que el corazón sea ocupado por otros intereses terrenales.
El demoledor silencio de Dios y el abismo de la cruz
Por otra parte, la prueba más purificadora del caminante es el silencio divino. En efecto, tú puedes mantener una fidelidad heroica o sucumbir ante la fragilidad, y Dios guardará un silencio sepulcral que no reprocha ni felicita. Este silencio demoledor, que incluso sumergió al profeta Jeremías en una dolorosa crisis existencial, encuentra su máxima expresión en el misterio de la Pasión.
En el altar de la cruz, deshidratado, fracasado ante los ojos del mundo y abandonado por sus amigos, Jesucristo experimentó la distancia sideral y el vacío cósmico del Padre. Sin embargo, fue en ese preciso instante de desolación absoluta donde el Señor nos enseñó que la fe no consiste en sentir la cercanía divina, sino en saber con convicción profunda que Él permanece allí.
El fruto de una fidelidad indestructible
En conclusión, al exhalar su último suspiro en las manos del Padre, Jesús demostró la grandeza de una fe madura que obedece y confía en medio de las densas tinieblas. Conmovido por la fidelidad inquebrantable de su Hijo, el Padre lo rescató de las garras de la muerte, otorgándole la gloria de la resurrección. Por consiguiente, los cristianos no caminamos a la deriva; formamos parte de una inmensa peregrinación liderada por el primer Peregrino, quien convierte nuestra apuesta en una certeza absoluta de victoria eterna.
27/04/13
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¿Qué significa realmente tener una fe madura cuando Dios parece guardar un silencio absoluto y demoledor?

